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Siguiendo los consejos de un grancanario con el que establecimos contacto antes de viajar a la isla por medio de un conocido, decidimos acercarnos a este restaurante que, según sus indicaciones, rebosa tipicismo y autenticidad. El local está situado en primerísima línea de playa, casi casi sobre la misma arena volcánica de ésta ¡Lástima las feas vistas de la cementera que cierra esta pequeña bahía por uno de sus extremos! No realizan reservas telefónicamente, pero la rotación continua de comensales, la gran capacidad de su terraza y la diligencia del personal propician que no haya que esperar mucho para conseguir una mesa.
Terraza muy concurrida, tipo “merendero”, con escasa separación entre mesas y con la presencia de varios gatos que merodean entre ellas en espera de hacerse con algunas de las raspas de los pescados con las que les obsequian algunos comensales. Clientela local, sin apenas presencia de extranjeros. Ambiente bullicioso y jovial.
El producto, de frescura irrefutable, y unos precios realmente bajos son los grandes atractivos del lugar. Ese día pedimos salpicón de pulpo, longorones y gallo. Para terminar un flan de huevo y una mus de dulce de leche. Todo muy correcto destacando sin duda alguna las frituras de pescado. Acompañamos únicamente con cerveza.
Personal muy amable, raudo y eficaz. Aparcamiento: Muy cercano, con gran capacidad y gratuito.
¿Qué son los longorones, maestro? Deduzco que algún tipo de pescado local… ¿asimilable a alguno conocido por estos lares?
Boquerones, bocartes, aladrocs…
Ahhhhh, gracias!