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La Alcuza, así se llama el restaurante del Hotel Balneario de Ariño, en el Bajo Aragón. Andaba yo de visita por la comarca del Bajo Martín y tenía esa comida libre y para mí solito, y como la zona tiene pocas opciones recalé aquí, pues aunque Ariño ya es comarca de Andorra-Sierra de Arcos, limita con la anteriormente citada.
Me sorprendieron, para bien, las instalaciones de este balneario, no esperaba yo esto por aquí, todo muy majo, nuevecito, con cierto diseño, y funcional. Y así es su restaurante, además de espacioso, en el que destacan las grandes cristaleras a través de las cuales puedes divisar ese curioso paraje.
Aunque esa noche tenía el reto mayúsculo de enfrentarme a los Huerfanitos, con fuerte tardeo y cena estelar en al Bar Avenida de Albalate del Arzobispo, como no parecía muy copioso, me decidí por el menú degustación (un aperitivo, un entrante, carne, pescado y postre) que cambian mensualmente, y que en mayo contenía lo siguiente:
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• Salmorejo con tosta de anchoas, bacalao y dado de sandía
• Bisaltos al dente con dados de queso brie empanados y aceitunas deshidratadas
• Lomo de lubina con risotto verde y cítricos
• Crujiente de rabo de toro con espuma de patata trufada y gelatina de vino tinto
• 5 texturas de chocolate y naranja amarga
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Bueno, pues aprecié buenas intenciones, “ideas con idea”, enunciados pretenciosos, cuidadas presentaciones… pero fallaba la ejecución. Tampoco es que fueran fallos clamorosos, pero lo que parecía que iba a estar soberbio, hummmm… o no tenía el punto adecuado, o la temperatura, o la textura, o la conjunción, o la conexión… y al final se quedaba en un quiero y no puedo. Ojo, que por ese precio y en esos lares, tienen su mérito, y no se lo quito, pero a un poco de cariño, atención e interés que le pongan a la ejecución de los platos, pueden dar un salto notable. Así… pues todavía no. Sirva como ejemplo el último pase de los salados: un crujiente que no cruje, sino que “gomea” puessssss, ¡y fíjate que no estaba malo! pero… no crujía, la patata iba por un lado, la gelatina por otro, al relleno le faltaba un poco de chup chup…
Servicio con muy poquita formación y algo tosco, pero lo cubrían con una gran simpatía y disposición, buena gente.
En el menú entraban copas de vino (o me las regalaron), tomé una de blanco y otra de tinto, ambas Flor de Sabina de Pago Finca Élez, manchegos por tanto (estaban más que aceptables, pero hombre, poner un par de vinillo de Teruel, que haberlos, haylos, y bien ricos).
Pues eso, si estás alojado ahí, sí, come o cena, por supuesto; si quieres pasarte un día por ver el balneario y la zona, quizás también; ir “de propio” (como decimos los maños) a comer/cenar, no.
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No puedo terminar esta reseña sin destacar la impresionante la atención de un joven recepcionista llamado MARIO. Me quedé sin batería y no dudó en activarse, buscar debajo de las piedras unas pinzas y una vez encontradas, desplazar su propio coche y ponerlo a mi disposición para cargar el mío, algo que intentó él mismo. Qué amabilidad, qué actitud y qué aptitud. La calificación para él sería de 5 estrellas, y porque no hay más.
Justo entraba para preguntar si no se usaba la palabra “bisaltos” habitualmente 🙂
Pues es que he copiado de la foto que hice a la carta, y luego al repasarlo para editarlo lo he visto y he pensado: ¿qué ohones tirabeques en Teruel? Y lo he cambiado.
Pero lo cierto es que… así estaba, oye, y no caí en preguntar.
Yo imagino que será porque la mayoría de sus clientes son “forasteros” (se usa mucho en Aragón”, me encanta, me evoca a “forajidos” jeeje)
La usaba mucho mi abuela ^__^ Y también me recordaba a las pelis de indios y vaqueros que me montaba de crío con los muñecos.
Por otro lado, no conocía la palabra “bisalto” hasta que conocí los de pan 😎