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Decía en mi anterior visita que no había decidido si el lugar me había gustado o no. Regresé el pasado viernes a cenar y ya lo tengo claro. Me gusta mucho el sitio.
Después de meditar mi cena del pasado diciembre y de haber escuchado a su cocinero, el brasileño Gadu Gasparini en el podcast “Todo para compartir”, lo vi con otros ojos.
El menú ha subido a 65 euros, pero mantiene la ensencia. Varios antipasti, un plato de pasta, principal y postre.
Comenzamos con un gazpacho de melón cantaloupe y después le sigue un plato de remolacha y frambuesa. La remolacha es sometida a un prolongado asado a baja temperatura. Plato delicioso.
Llega después la pasta, unos agnolotti rellenos de cebolleta y anchoa, con una salsa también de cebolleta y con cebolla frita a modo de parmesano. Un plato sencillo que esconde mucha técnica y preparaciones.
Y por último el principal. Aquí un punto en contra. Se han rendido (y así nos lo confesó Gadu) a la lógica de muchos clientes que les piden finalizar con un principal de proteína importante. Nos sirven una pieza importante de cerdo ibérico, acompañado de morcilla casera y calabacín en varias texturas. Está bastante bueno, pero rompe un poco la armonía de la cocina del lugar.
Acabamos con un posset de fresas, una intepretación de un clásico postre inglés. Que viene a ser como una crema inglesa con fresas, y acompañado de una especie de bizcocho-galleta. Muy rico.
La experiencia, además, mejoró porque nos sentamos en barra y pudimos charlar bastante con Gadu.
La carta de vinos no ha cambiado, amplia de referencias de vinos naturales y de baja intervención. Elegimos el austriaco Zillinger Velue Weiss 2024 (riesling, gruner y moscatel). Rico.
Todo ello acompañado por la música de Lauryn Hill sonando en vinilo.
Eso se llama “aclarar las ideas”
Jaja, y tal como aventurabas al final de tu primera reseña, se ha cumplido una de las dos profecías
Bueno, han subido el menú 5 euros. No sé si aumentarán el menú de tamaño y lo subirán por encima de los 100 o lo mantendrán en esa línea de 5-6 platos que es poco habitual en España. Aquí somos más de carta o bien de menú más largo.
Aún no he decidido si me gustó o no este recientísimo restaurante madrileño.
Y de hecho, dentro de un rato, podría valorar de nuevo las puntuaciones y poner algo totalmente distinto.
Para empezar, creo que es un concepto raro a esta ciudad. Según salí del lugar pensé: “En Copenhague este sitio costaría tres veces más y tendría una estrella Michelin, aquí va le doy dos meses”.
El lugar, como decía, de reciente apertura y que no conocía de nada (me llevó un amigo) se encuentra un poco a desmano, en un lugar más o menos céntrico, pero de reciente urbanización-remodelación. En un local muy moderno y muy chulo, de grandes ventanales, con una decoración muy nórdica, unas pocas mesas y una amplia barra-cocina. Disponen de mesa de mezcla, no sé si algún día pincharán, pero el día que fui estaba sonando en modo gramola, de manera automática.
Solo disponen de menú, aunque no es estrictamente un menú degustación, pues es más bien (así lo explican) un estilo italiano de antipasti-pasta-principal y postre.
Comenzamos con un cubito de polenta frita, ricotta fresca y salicornia. Bien, rico, se come de un bocado.
Sigue un plato de puntarelle alla romana, verdura que no conozco, pero que luego averiguo (gracias Google) que es una especie de achicoria muy apreciada en Italia. Un plato raro, quizás del gusto italiano, tan amantes ellos de los amargos. Unos cortes de verdura cruda, dura y amarga bañada con una vinagreta con anchoa. Seguramente sea una joya, pero me dejó frío.
Seguimos con la pasta: unos ravioli de pato azulón in brodo, es decir, en caldo. Muy ricos, para comerse 100, pero solo vienen 6.
Y llega el principal, un plato que parece que no, pero que salvó toda la cena, pues estaba muy bueno: colinabo en heno, puré de coliflor, salsa de oreja de cerdo y amontillado. Un platazo. Con una textura del colinabo impecable y que no echa en falta la proteína en ningún momento.
Antes del postre llega un prepostre, una hoja de acedera con un granizado por encima. Una especie de paparajote, pero comiéndote la hoja. Refrescante.
Y acabamos con un postre de pera y helado de mascarpone. Bien.
Todo son 60 euros. Que empieza ya a ser algo que duele, aunque con los precios que se manejan igual es hasta poco. Aquí también tengo dudas. Yo me quedé un poco con hambre y con ganas.
La carta de vinos también está en esa órbita nórdica-hipster. Todos vinos naturales. Bastantes y muy buenas referencias. No vi ningún vino por debajo de 30 euros, creo recordar, y de ahí para arriba. De entre los pagables elegí un rico chenin del Loira: Pont Borceau Vin de France de Jean Delrieu y luego pedí un pinot alsaciano de Julian Meyer, pero no lo tenían y me ofrecieron otro alsaciano (70% pinot noir y 30% pinot gris) de Terre a Boire. Afilado como un cuchillo.
Como resumen: un restaurante que podría estar en Copenhague, Estocolmo, Nueva York, Viena, Berlín, Milán o incluso Barcelona, pero aquí quizás no estemos acostumbrados. Jugando con las verduras como ingredientes principales y con un toque cárnico (tienen opción 100% vegetariana). Por lo visto tienen un menú diario a 28€.
Repetiría, no lo sé. Lo recomendaría… pues tampoco lo sé.
Si lo que os he contado os atrae, visitadlo ya, porque me da que 1) se la va a pegar y cerrará rápido o 2) triunfará y subirán los precios.
Te noto errabundo y meditabundo… 🤣
Será el invierno 🙂