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El Cantó es uno de los clásicos de Alicante. Una cervecería, dicen ellos, una taberna digo yo, aunque me gusta mucho el término cervecería, que lleva dando guerra desde principios de los 80 en el centro de la ciudad, en la calle Alemania.
Pequeña, de madera, con sabor castizo, la palabra que me viene a la cabeza es “atiborrada”. Atiborrada de mesitas altas (no hay bajas), de taburetes, de tapas, de fuentes, de cuadros, de camareros, de gente. Qué ambientazo hay siempre en El Cantó. Cómodo… pues no es un sitio cómodo para el común de los mortales, por sus espacios reducidos y sus ajustados taburetes, pero yo, que soy animal de barra y de pie, ando por El Cantó como Pedro por su casa, ya sea acodado en la barra, ya sea en una de las mesitas altas, apartando a un lado el taburete.
¿Qué se come en El Cantó? Pues clásico, muy clásico, mediterráneo, y rico, muy rico. Así, la carta, grande, abierta en mariposa y plastificada, está estructurada en los siguientes apartados: Tapas, Cazuelitas, Revueltos, Canapés, Montaditos, Postres y Tartas, con todos los platos numerados, del 1 al 113.
Yo todo lo que he probado está estupendo, no hay nada que no me haya gustado, aunque también es cierto que nada me ha enamorado, pero la prueba del nueve es que repito, y repito… Chico, estoy a gusto yo en El Cantó, voy rápido, aunque haya mucha gente siempre hay un camarero que te encuentra un sitio, me tomo mis tapas y mis montaditos, mi vinito… y seguimos para bingo.
No suele fallar la rusa (aunque no es su mejor platillo, pero es que a mi la rusa es que me llama a gritos), algún montadito de los mil que tienen, y una cazuelita del día o una tapa. El último día tomé unas “mollejas con patatitas” que estaban muy ricas, salteadas con ajetes, y el montadito que me suelo pedir, el “Montadito especial Siglo XXI”, que es de pan de aceitunas y lleva ternera, brie, cebolla caramelizada y confitura de tomate, delicioso. Postre no suelo, pero, también el último día, pedí un “Pan de Calatrava” más que decente.
Vinos por copas, tienen sus cositas, tienen más de lo que te dicen, si les rascas esconden por ahí. Dos blanquitos caté, una godello orensana, Minaxoia, y una chardonnay oscense, Viñas del Vero, del 2022 ambos.
El servicio es expeditivo, rápido, ágil, sin contemplaciones, está a la que salta, sin perder el respeto y la atención debida. Me encantan esos sitios en los que dejas discretamente un plato a un ladito y hay un camarero ojo avizor para retirártelo ipso facto sin comentar nada.
Algo tendrá el agua cuando la bendicen…