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Acudimos al precioso pueblo de Calaceite, en el Matarraña, tan pichis. Es enero, es día laborable… no habrá problemas aunque no tengamos nada reservado. Descartamos el restaurante de más ringorango de la localidad, por querer algo más informal (tiempo, gasto, tener que coger el coche después, …).
Llamamos a este sitio, que tenía buena pinta y nos dicen que están completas (no es lenguaje inclusivo, es que el lugar lo llevan unas simpáticas chicas). Nos acercamos, por si acaso tienen barra y podemos picar algo, nos dicen que sin problemas, y en la barra nos acomodamos.
Tienen una pizarra con las raciones del día, agrupadas en vegetales, pescados y mariscos, carnes y postres. Todo con apariencia muy casera. Nos hacemos una mini lista:
– Escalivada con anchoas.
– Guiso de pulpo y patatas.
– Verduras con longaniza.
Todo efectivamente casero y sabroso.
Además, veo que tienen caracoles y como a mi acompañante no le gustan, pregunto si puedo pedir media y me dicen que sí. Riquísimos, picantitos. Al final mi acompañante los prueba y también come.
No pedimos vino (bueno, yo pedí una copa de blanco y me sirvieron una garnacha blanca de Barbara Forés de la cercana Terra Alta). Disponen de opciones sin alcohol bastante curiosas, solidarias y de comunidad (refrescos, zumos, etc).
Un lugar hogareño, donde parece que buscan una cocina casera, sencilla, intentando usar productos de proximidad y de proveedores que hacen comunidad. Un lugar muy agradable.
Estuvimos tomando ahí un vinillo con un par de pinchos un día antes de comer, y nos encantó, lo apuntamos para volver en otra ocasión. Tras la lectura de tu reseña, es definitivo: iremos sí o sí.