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Es un lugar realmente peculiar, van quedando pocos ya de este tipo.
Se trata de una casona-chalet de principios del siglo pasado que pervive en pleno casco urbano de Burjassot, dedicada por entero a su uso como restaurante. Si ha sufrido reformas han sido mínimas, más bien de mantenimiento, parecen haberse respetado todos los elementos originales en los que se percibe el peso del más de un siglo que llevan soportando como jabatos.
Tiene una pequeña terraza ajardinada muy agradable, en la que yo nunca he estado, las pocas veces que he ido he acabado dentro. La fachada y el jardín están más actualizados, pero cuando accedes a su interior se respira un aire de decadencia que te atrapa para bien, o para mal, te envuelve esa atmósfera como decaída. Iluminación amarillenta, cálida pero inquietante, intimismo, mobiliario anticuado, esos baldosines hidráulicos tan característicos de este restaurante…
Trabajan con carta y menús, hay un menú de fin de semana que nos aconsejó el camarero, “Menú Les Maries”, que está muy bien de precio, pudiendo por 20 € elegir un primero, un segundo y un postre, de entre una extensa relación de platos de carta, 7 primeros y 8 principales, casi toda la carta está incluida en la citada relación. Íbamos dos, y decidimos pedir cada uno cosas distintas y compartirlas, añadiendo un entrante más de carta, de modo que nos creamos un degus muy apañao:
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Ensaladilla de jengibre, mayonesa de soja, sardina ahumada y quicos
Escalivada con ventresca de bonito y tapenade de aceitunas negras
Huevo crujiente “Les Maries”
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Bacalao confitado con gambón y caldo de carabinero
Secreto de cerdo ibérico cocinado a baja temperatura (24 h) con berenjena a la llama
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Sorbete de limón al cava
Coulant de chocolate valrhona con helado de chocolate
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Se trata de una cocina clásica, sencilla pero trabajada, sin complicaciones creativas, bien resuelta. Todo estaba muy correcto, destacando dos platos: su creación más conocida, “Huevo crujiente Les Maries”, muy llamativo en su presentación (ver foto), cocinado a baja temperatura y encerrado en un aparatoso y divertido envoltorio de pasta brick en forma de hongo, acompañado por unas ricas verduritas en juliana; y el “Secreto de cerdo ibérico cocinado a baja temperatura con berenjena a la llama”, con un bajo punto de hechura que rozaba del límite de la legalidad, pero que se deshacía en la boca, pura jugosidad, bocados marcadamente grasos y sabrosos, se notaba el largo trabajo a baja temperatura y el comedido final en grill.
Tema vinos, mejorable la extensión y criterio de selección, aceptable el trato. Tomamos un cava valenciano, Nodus Rosé Brut.
El servicio, muy riguroso con las normas de protección frente al virus (no te permiten quitarte la mascarilla, aun sentado ya en tu mesa, hasta que te sirven la primera bebida), está brindado por un camarero que posiblemente sea el propietario e incluso el cocinero también, argentino. Me pareció un tipo difícil y antipático al principio pero luego la relación fue fluyendo y terminamos charlando animadamente de las similitudes Valencia y Mar de la Plata (se celebran Las Fallas ahí también, “cosas veredes amigo Sancho que non crederes”).
No se cena nada mal en Les Maries, con muy buena RCP. La próxima, en el jardín.
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