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Tras ver un listado de mejores trattorias de Roma de un conocido crítico gastronómico español, acudimos aquí a cenar.
El lugar se encuentra en un barrio popular, que tiene pinta de que se está gentrificando, muy cerca de la universidad y de la estación de Termini.
Decoración moderna, del estilo de estos bistrot dedicados al vino natural y a una cocina más o menos contemporánea que abunda en las capitales europeas. Pero con más luz. Además juegan con una importante selección musical en vinilo, aunque para ser tan destacada, está muy bajita.
Cocina de trattoria romana, pero con una vuelta de actualidad.
Pedimos:
Trippa fritta a la romana. Esto es, callos, pero fritos y con tomate, pecorino y menta. Jamás había comido los callos así, como cortezas, realmente sorprendentes.
Lettuga arrosto agripicante. Lechuga a la brasa agripicante. Un puntazo de plato.
Pasta fresca del día con “moscardino”. Que resulta que es una clase de pulpo del que no encuentro traducción al castellano. En catalán parece ser “pop pudent”. Ni idea. Pero es un plato de fetuccini con un guiso de algo que a mí me recuerda a la pota. Está rico, no tiene fallo este plato, pero me sorprenden más los dos primeros.
La carta de vinos no es demasiado amplia, pero tiene cositas, sobre todo en vino natural, como suele ser en este tipo de locales modernitos. Copas más que decentes, pero pedimos un tinto y nos lo sirven a temperatura ambiente (hacía 37 grados ese día en Roma).
Pedimos que lo refresquen y nos conminan a que lo probemos primero. Efectivamente está para mojar galletas en el desayuno. Tras pedírselo a varios camareos nos traen la cubitera, llena hasta la mitad, por lo que pudimos disfrutar del vino a mitad de la comida. Yo entiendo que no enfríes demasiado un Barolo de 1956, pero un vino natural, ligero y con estas temperaturas… en fin. Cosas culturales.
El vino en cuestión era un Damiano Ciolli Olevano Romano Silene Cesanese 2025. Muy rico a su temperatura. 34 euros.
El total de la comida fueron algo menos de 100 euros para dos personas.