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Me gusta mucho conocer la historia que hay tras un restaurante, tanto o más, más diría yo, que la que hay tras un vino, una bodega.
Hay algunas muy curiosas, como la de Bar Nosso, en Palma (de Mallorca, sí, claro, pero Palma, Palma a secas): Mauri y Natália una pareja de treintañeros, brasileños, de Sao Paulo, que se conocieron en 2018 en Barcelona, se enamoraron y se fueron a Palma, donde trabajaron varios años “en barcos” como me contaba textualmente Mauri, él de tripulación, ella de chef de yates de lujo, para poder ahorrar y montarse su restaurantito en Palma, una ciudad que les cautivó.
Ambos tienen estudios, Mauri de finanzas, Natália de decoradora de interiores, pero siempre le tiró la cocina y de hecho su proyecto de fin de curso fue el diseño de un bar-restaurante. Tanto allá como acá, ya trabajó en restauración, en Barcelona en un michelinizado.
Y hace unos meses, lo consiguieron, montando su restaurantito en abril de 2025.
Pero yo de todo esto no tenía ni la más remota idea, no sabía ni que existían. Yo simplemente, tras una jornada de trabajo intensísima en Palma, donde aterricé de buena mañana yendo a currar sin solución de continuidad, había por fin hecho el check in y dejado corriendo la maleta en el hotel, en la subida al Castillo de Bellver, me había puesto unas zapas, y bajaba paseando alegremente hacia Santa Catalina a buscar algún lugar chuli para cenar algo, que no va a ser todo trabajar, oye. No había tenido tiempo de buscar nada, pero sabía que en la zona comentada había mucha oferta. Al poco de salir del hotel, me llamó la atención este Bar Nosso, pero ponía en el cartelillo de la acera “cocina fusión” y eso me hizo descartarlo y seguir mi camino. Ya en Santa Catalina, me llevé un chasco porque era todo como muy, no sé, ¿previsible?, ¿prêt-à-porter? Ninguno me hacía ninguna gracia y pensé… ¿y esa tabernilla tan cuqui de la bajada, aunque sea fusión? Oye, por lo menos se veía algo como muy “personalizado”, se veía cariño. Recordaba su nombre, lo busqué Google y llamé para comprobar si había sitio porque al pasar vi bastante gente para lo chiquito que era, y me dijeron que sí, así que vamos para arriba.
Como decía, se trata de un local chiquito, al inicio de la subida al Castillo de Bellver. Tubular, con la barra a un lado, cuatro o cinco mesitas de dos a otro, y al fondo la cocina semi-vista y una mesa de 6. Decorado con austeridad y humildad, pero excelente gusto, es lo que me atrajo al pasar, no sé, da buen rollito. Estaban todas las mesitas de dos ocupadas (buena señal para una nubosa y fresca noche de un miércoles de enero), así que, a la barra, qué bien, con lo que me gusta a mí. Lo que pasa es que es muy incómoda, está muy pegada a la silla que está en el estrecho pasillo y no tienes donde meter las piernas. Al poco de comenzar quedó libre una mesita, qué bien, oyes, ahora sí que sí.
Su oferta es muy, pero que muy escueta: 9 platillos y 2 postres, eso es tó, eso es tó, eso es todo amigos. Mauri, un tipo agradabilísimo, me contó que era una cocina como muy de Sao Paulo, una ciudad que destaca por las grandes colonias de emigrantes que alberga, sobre todo de italianos, asiáticos y libaneses. Y eso es lo que tienen en su mente y en carta, una fusión de pases de esas procedencias. “Mira, estos dos son de origen italiano, estos dos asiáticos, este libanés, este es el más brasileiro…” me explicó. Y contesté, “pues Italia la tengo muy vista, así que márchame uno brasileiro y otro asiático”, que me había llamado más la atención que el libanés (aunque me quedé con las ganas de tomar ese kibbeh, para otra ocasión), quedando así la cosa:
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• Corvina, leche de coco, buñuelos de arroz frito
• Guiso de cerdo, jengibre, ajo + Bowl de arroz basmati y furikake
• Manzana, crumble, canela y tahine
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Qué rico todo y qué bien presentadito, qué emplatados más en la línea de la decoración del local, sencillos y puestos con arte y mimo.
Sabe, sabe cocinar Natália. Pero mucho, sabe mucho, tiene técnica y criterio. Y gracia, mucha gracia. Y son especiales, muy especiales, una propuesta diferente que no deja indiferente.
La corvina, a la plancha, acompañada por unas albóndigas de arroz apelmazado con cilantro cubierto de brotes de cilantro y bañada por una salsa cremosa de tomate, pimiento, leche de coco y caldo de pescado… fue una putta lokura de rica; el guiso de cerdo con soja, jengibre y ajo no podía estar más sabrosón, voluptuosos los bocados, a lo que no le encontré ninguna gracia fue al bowl de arroz con furikake, y eso que ese fue el único plato y la única vez que vi salir a la sala a Natália, muy maja también, y fue en lo que más hincapié hizo, en el arroz y el furikake casero; y el postre, logrado y evolucionado, con ese juego de dulce y no dulce, de melosidad y crunch, “manzana, crumble, canela y tahine”.
De beber, aquí parece que lo fuerte son los cócteles, donde Mauri debe ser un crack, pero el tema vinos… casi se me cae el alma a los pies cuando la vi. Cortísima y, sobre todo, es que no te pone referencias simplemente tipos. Me explico, en el apartado tintos, valga como ejemplo, hay cuatro referencias, que son las siguientes, trascribo: Tempranillo / Crianza / Garnacha-Merlot / Garnacha. ¡Bloody hell! Pero oye, no bebí mal del todo, tres copitas de:
Ocean Sauvignon blanc 2025 Marlborough Nueva Zelanda / Fleurs de Prairie 2024 Cotes de Provence / Abrazos by Reverte Garnacha 2024 Navarra D.O.
Antes de irme tuve la oportunidad de conversar un ratín con Mauri, un placer, y le trasladé con tacto que en mi opinión convendría mejorar la carta de vinos sí o sí, y desde luego hablar de referencias y no de variedades mezcladas con elaboraciones. Y meter vinos mallorquines y/o brasileños. Me dijo que mallorquines ya tenían, por botellas, y en cuanto a la carta de vinos, agradecía mis consejos y de hecho ya estaban en ello. Buen chaval, humilde y con ganas de aprender.
No sé cuántas veces más tendré que ir a la isla pernoctando, pero intentaré repetir en Bar Nosso, me cayeron muy bien. Muy bien.
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