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Se trata de un local que, hasta ahora, parecía “maldito”. Está muy cerca de mi trabajo, y por eso he seguido de cerca su evolución. Abrían, cerraban, traspasaban, abrían, cerraban, traspasaban. Y eso que no lo hacían mal, pero… por h o por b, se iban los negocios al traste.
Hasta que, hace ya más de un año, Roberto Muñoz Chillón, que había pasado por ahí como cocinero, se echó el mundo por montera y decidió quedárselo. Y además se trajo con él a su inseparable Carlos, al que también conocí en el mismo local hace años.
Roberto y Carlos son dos cocineros excelentes, de estos de raza. Con escuela, sí, pero de raza. No se entiende si no cómo son capaces de darle el punto exacto a todo lo que tocan. Desarrollan una cocina mediterránea de mercado, con toques contemporáneos, que ejecutan a las mil maravillas. Así, en Distrito todo está bueno, te garantizo que lo que pidas va a estar rico. Ya sean unas simples bravas (una putta locura, de las mejores que he probado nunca), una rusa, una sepia con mahonesa (tristemente han dejado de hacerla por temas de mercado), un cazón en adobo (qué locura de adobo y de fritura), un brioche, un steak tartar, o ya sean, subiendo el nivel culinario, unas setas carbonara, unas gambas al ajillo, un atún tojo picante con patatas y huevos fritos….
Se trata de un pequeño restaurante ubicado en la zona de Pla del Real, frente a los jardines de Viveros, a pocos metros de la Alameda: Distrito… cualquier valenciano ya de cierta edad sonreirá con solo escuchar esa palabra, y es porque toma su nombre de la legendaria discoteca (Distrito 10, la mejor, dicen, que ha habido en Valencia, y una de las tops del panorama nacional durante los 80 y principios de los 90) que ocupaba buena parte de la manzana donde ahora está este restaurante.
El local está muy bien aprovechado, pese a su reducido tamaño, les alcanza para una barra de servicio, una pequeña barra pegadas a la cristalera, una mesa alta corrida en el centro, y una zona de mesas estándar en el lateral más largo. Luz a raudales, esa luz valenciana que enamora, que entra a través de las dos grandes cristaleras que ocupan de arriba abajo dos de los laterales. Además, cuenta con una agradable terraza, parte de la cual da a una bonita zona peatonal ajardinada.
Me encanta la atmósfera que se respira en Distrito Valencia, provocada por la confluencia de tres factores: el buen rollo que desprenden Roberto y su equipo, la luz comentada, y la parroquia, una clientela de los más heterogénea y diversa. Lo mismo encuentras en la barra a un cincuentón en modo lobo solitario, que a unos treintañeros en una mesa, que a un grupo de ochentones disfrutones… Tienen algo en común, el medio-alto, alto, nivel socioeconómico y cultural. Han moderado precios con respecto a otras épocas, pero Distrito no es barato, trabajan muy buen y fresco producto, algo que determina su ticket medio.
Yo suelo ir solo a comer rápido, y me coloco siempre en el mismo sitio, en la confortable mesa alta central, de pie, aunque tiene cómodas banquetas.
En esta última ocasión fue en fin de semana y acompañado, y nos acomodamos en la barra de la cristalera que da a la zona ajardinada.
Entre lo que pedí esa misma semana que fui solo a picar un par de días antes y lo que de esta ocasión, degusté todas estas delicias:
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• Ostras Guillardeau Nº 2
• Marinera murciana
• Croqueta de gamba y chipotle con yema curada
• Nuestras bravas Distrito
• Calamares andaluza
• Brioche de steak tartar
• Setas de cardo con salsa carbonara
• Cazón en adobo
• Atún rojo salvaje picante con huevo frito y patatas
• Trufas de chocolate caseras con aceite y sal
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Todo soberbio, ni un solo pero y por contra muchos olés.
La carta de vinos es correcta, como el trato del mismo. Siempre tiene 7 – 8 referencias por copas, lo que es muy de agradecer.
Servicio encantador, ya sea el propio Roberto algunos días, ya sean las otras dos camareras
La maldición de este local murió el día que apareció Roberto con su equipo: ahora es un lugar bendito.
¡Por muchos años!